Un viaje hacia el ocho acostado… Ep. 01

El vapor del tren daba al lugar un aspecto difuminado, lúgubre, y a la vez romántico. El mismo vapor que, de vez en cuando, como si de una pistola se tratara, salía en busca de la pared más lejana, perdiendo fuerza a cada metro, ganando volumen a medida que se alejaba. Poco a poco, cuando la solemnidad del vapor lo permitió, el ojo izquierdo de Jen fué recibiendo la imagen de una estación llena a rebosar de transeúntes. El cambio de luz del exterior al interior le recordó que hace años, una mala jugada del destino le arrancó el ojo derecho, y que en su lugar, un juego de lentes y mecanismo le ayuda, no sólo a ver como lo haría una persona normal, sinó como lo haría un halcón. Por eso hace años la llaman Peregrina. También ayudaba a su mote el hecho de que no viviera más de unos meses en cada lugar, reinventando la palabra nómada, y dándole otro sabor, más ferroso, más contaminado por el vapor y por la sangre derramada.
Por fin, uno de sus pies se encontró con la escalera que la llevaría al interior del tren y, más allá, a un destino que aún no conocía. No pudo disimular el sonido del engranaje ocular cuando alguien de pronto se le plantó a medio palmo de la cara. Cuando pudo, miró esos ojos albinos, como si el vapor les hubiera arrancado el color, los hubiera desaturado dejándolos sin alma, color hielo.
-¿Ticket?-
Jen sacó una pequeña cajita rectangular, delgada, con un botón en uno de sus laterales. Al apretarlo, la caja hizo un movimiento robótico mientras se abría. al cabo de pocos micro-segundos, mediante unos pequeños brazos metálicos, un papel doblado en 4 partes se desplegó como una rosa se abriría en un día soleado de primavera. Simplemente que hoy, hacía centenares de años que se habían muerto las estaciones, no había plantas naturales, y llegar a ver el sol requería mucho esfuerzo (subiendo al nivel superior de la superficie) y miles de cárters. El propio viaje ya le costó los cárters que podía ganar en varios días de arduo trabajo, así que pensar en el sol era una locura.
-¿Me lo va a dar o tengo que acercarme yo?- escuchó Jen, justo cuando procedía a estirar el brazo con amabilidad. La impaciencia del revisor hizo mella en el orgullo de Jen y un brote de ira nació desde más allá del alma. El revisor se dio cuenta e hizo ademán de enseñar una pistola… pero en vez de eso se arremangó un poco la manga, y mostró lo que parecía ser la parte no humana de un androide, seguramente con fuerza suficiente como para levantar el tren al que apenas pisaba, del que poco a poco había ido bajando para intercambiar monosílabos con Jen. Ella subía, él bajaba. Se miraban a través de una niebla que, en principio quería correr, para frenar de golpe como si de pronto quisiera pasear y disfrutar la libertad. Jen asumió su rol y accedió a la petición del funcionario.
Una vez concluida la transacción, el androide le cedió el paso y ella aprovechó para mirar al techo mientras entraba, techo acristalado que dejaba entrever los edificios que rodeaban la estación y que llegaban hasta esas nubes permanentes de polución que se había vuelto necesaria.
Una vez dentro del tren, tomó asiento, se preguntó dónde iría……
-Déjame acompañarte a tu estación- dijo una voz desconocida.
-La verdad es que… – dijo mientras giraba la cara y descubría la capucha de una túnica sin rostro dentro.
La mano del individuo se posó encima del hombro de Jen y se mostró hues sin piel, con apenas algunos restos de carne, y blanca como el reflejo del sol de la mañana en un lago. El tacto como el marfil de los pianos de los que hablaban los antiguos.
Jen tragó saliva. “¿eres la muerte?”
-No soy el final de tu camino, si es eso lo que te preocupa… – el desconocido hizo una pausa – pero soy un desvío que difícilmente podrás evitar…

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¡Y hasta aquí puedo escribir! cualquier comentario es bienvenido, y me animaría a seguir escribiendo, ¡muchas gracias!

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